Cultura, Sociedad

Laura García del Castaño, poesía que se siembra

Laura García del Castaño (Córdoba, 1979) publicó cinco libros de poesía, entre ellos Orquídeas (1996); He hablado con el olvido (1997), El grito (2004) y La vida en que sueñas (ed. Recovecos 2012), El animal no domesticado (Pan comido 2014). Ha participado de Quince, antología de mujeres poetas de Córdoba (ed. Tinda de negros 2010), de la plaqueta Desgraciadas junto a Leticia Ressia, y de Ultrafinas y las Tramontinas del dolor (2012 y 2013 respectivamente). Lleva adelante junto a Liliana Chavez el café literario La bandada en la ciudad de Córdoba.

– ¿Tenés una rutina para escribir tus poemas?

– El contexto, creo, es la falta de contexto, justamente. El silencio y la privacidad absoluta. Me pasa con la lectura y con la escritura. Cuanto menos del afuera exista, mejor será la intimidad y el diálogo con el poema. La rutina ha ido cambiando. Antes era simplemente sentarme; a veces había tensión, inquietud, desasosiego: esa es la palabra que más encuentro parecida al estado frente al texto. Luego la rutina se convirtió simplemente en la búsqueda del momento preciso. La paz necesaria.

– ¿Cuándo comenzaste a escribir? 

– Aunque parezca raro, me acuerdo muy bien cuándo. Fue a los quince años, más precisamente en octubre del 95. ¿Cómo? Abruptamente, una tormenta sin anunciamientos. Me senté a escribir como me siento a comer, aún no sé por qué ni para qué, esas preguntas no las tengo claras aún y no sé si importan demasiado. ¿Cuándo sentís que un poema comienza a gestarse y cuándo lo das por terminado? El poema es una gestación permanente. Porque la escritura es apenas la manifestación física y la culminación. Antes estás rumiando, estás proyectando, estás adhiriendo imágenes, música, films, sonidos, encuentros. Uno es un imán y algo siempre pasa en esas experiencias, una emoción, un mareo, un ahogo, algo que me da la pauta que ha habido una conexión, que esas situaciones me han generado preguntas, vociferaciones y que debo intentar al menos la formulación, un diálogo o simplemente el descargo.

– ¿Qué lugar ocupa la correción en tu metodología de escritura? ¿Les mostrás tus textos antes de terminados a otras personas?

– Ahora tiene mucha importancia. La corrección es una verdadera rutina, porque implica desprendimiento y objetividad. Generalmente espero que los textos se enfríen, se desinflamen de su golpe inicial. Tengo la creencia de que la distancia aplica zoom, claridad panorámica, no solo sobre los textos, digo, es una premisa de la vida en sí. Entonces espero. Luego cuando ya los leo al paso de días o semanas algo siempre encuentro. Y sí doy mis textos a otras personas, que son siempre las mismas, con las que suele suceder un intercambio. Es muy importante esto de a quén se le comparte. Porque debe ser alguien que no lea el texto como un fragmento único y aislado sino debe conocer tu voz, pienso, tu mitología, tus obsesiones. Es la forma en que hay una devolución más rica.

– ¿Creés que influyen otras artes, como el cine, la fotografía o la música en tu escritura?

– Por supuesto. Es un motor encendido.

– ¿Participás en lecturas? ¿Cómo ves la escena de la poesía en Córdoba?

– Sí, estoy en una ciudad activa en sus manifestaciones, en sus festivales, en sus colectivos culturales. Es amplio pero, más que nada, variado, y eso no puede darte más que alegría y ganas de participar.

– ¿Viajás o te movilizás geográficamente para participar en eventos poéticos? ¿Con qué frecuencia?

– No viajo como quisiera. Hay muchos eventos que se me pierden y mucha gente que me frustro de no conocer por no viajar, pero es un tema de salud que espero poder superar algún día.

– ¿Cuáles considerás tus mayores influencias en este momento?

– No creo en la influencia fija o simultánea a la escritura. Creo que la influencia es una semilla que puede florecer en otra etapa. Como el árbol que te sale muy lejos de su raíz original. No es una cosa tangible del momento. Es una mezcla en el tiempo. Lo que leí hace diez años puede estar haciendo su efecto hoy, por la junta y por el continuo roce de unas lecturas con otras (como los fangos de pasto de las películas de cowboys, que vienen arrastrando hacia adentro) y a su vez con otras incidencias de la música y de la propia experiencia.Ahora leo a Quignard, a Ted Hughes, a Philip Larkin; ayer leí a Juarroz y a Orozco. Me encantaría ser hija de varios padres, a quién no. Pero la influencia se puede dar así o no, se puede decantar, se puede diluir, y uno no lo sabe con claridad.

– ¿Cuál es tu postura respecto a los talleres literarios?  ¿Qué podés referir sobre esa experiencia?

– Me gusta el taller como guía de lectura, para los que no hicimos o no completamos la carrera de Letras y nos gusta devorar lo bueno, devorar lo próximo, aquello necesario que se nos escapa; eso me gusta. No sé si sea la metodología, porque se qué hay muchos que apelan a la corrección y otros a la creación. Fui a los 18 años a un taller de lectura, prácticamente, porque escribíamos y nos leíamos pero con muy poca incidencia en la labor del otro. Igualmente, me ayudó y me estimuló, que creo que es lo más importante, en definitiva.

– ¿Cuál es tu criterio para elegir una editorial a la que presentarle tus textos?

– Bueno, en eso he tenido mucha suerte. Publiqué de muy chica y todo autogestionado, con un impulso que tenía más que ver con la intuición y la inconciencia. Y ahora está por salir el segundo libro de editorial, más precisamente por Pan Comido, que es un colectivo formado por poetas, gente laburante y comprometida con la poesía de Córdoba. Justamente, la colección se llama Música del lugar, porque apela a la difusión de las voces nuestras. Así que es un honor y una alegría trabajar con ellos. Se aprende mucho.

– Como lectora, ¿cómo hacés tu recorte? ¿Leés contemporáneos, clásicos, ambos? ¿Qué otros géneros frecuentás?

– Leo contemporáneos, más que nada porque están ahí, al alcance, uno siempre se está rozando con lo contemporáneo y al mismo tiempo son lecturas más virtuales. Los clásicos los leo más a conciencia, porque seguramente hubo una búsqueda previa o una necesidad. Lamentablemente, soy de la poesía. Es el impulso a la hora de ir por un libro. Digo lamentable porque muchos poetas afirman que la mejor escuela de la poesía es la narrativa, ahí están los enganches y la fluidez que a veces falta. No obstante los libros de poesía llegan solos, y los de narrativa es porque me dijeron, me recomendaron, hay una toma de voluntad previa que con la poesía no pasa. Ahora ya no sé si necesito tanto de mi propia poesía como la de los demás.

– ¿Cómo imaginás a tu lector? ¿Pensás en una idea de lector mientras escribís?

Siempre hay un lector. Lo veo más claramente cuando me leo que cuando escribo. En la escritura se pierde en el vértigo, en ese desvelo feroz no tiene sustancia. Se desdibuja entre la pulsión, las intenciones y el pánico. Pero cuando corrijo lo veo claramente y siempre con poca paciencia para lo rebuscado. Es lo que, en definitiva, me machaco. Ahora, a punto de editar, mi lector ha desaparecido. Se me ha puesto todo en blanco y está solo la incertidumbre, pero creo que es una sensación normal.

Predestinación

Vi reflejado en el ojo de la bala,

el centro de la liebre.

 

También vi en la copa del árbol

la cabeza del relámpago.

 

He visto desde siempre, pequeños retratos de lo que parte

Sangre en la piel del que lastima

Muerte en lo que no ha vivido

Pero nada ha sido

como ver crecer en tus manos

cada noche

mi último instante
Poema del libro El animal no domesticado (Pan comido, 2014)
Para leer más de Laura: lapalabrasembrada.blogspot.com
  1. Marina Boato

    2015/05/ at 7:35 am

    Mientras volvía en automóvil desde Mendoza, por las Altas Cumbres, escuché en la radio tu reportaje, Me impresionó tu frescura, tu despiste y tu poesía incontaminada. Me sentí identificada. Lo poco que comentaste de tu vida, tu trabajo en una funeraria y los experimentos con la música me parecieron enigmáticos y especiales. Te deseo toda la suerte y espero poder conocerte, yo también escribo y me autogestiono, pero vivo perdida en laberintos de la vida,

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