La vida misma

Amores perros

Jamás una expresión fue tan mal usada como todas las que terminan con “de perro” al final. Qué vida de perros, dice la gente. Qué humor de perros, comentan. Hasta hay una famosa película que se llama Amores perros, con su connotación negativa.

Yo jamás recibí amor más puro que las de mis perros. En mi primera infancia, el de Pelusa y Coy, mis dos compañeros de aventuras. Nuestro patio era nuestro reino sagrado. Ay qué tristeza cuando Pelusa se perdió. La esperé muchos meses mirando por la puerta, mientras tomaba la merienda.

Coy vivió muchos años, hasta mis 12 años. Su carita todavía me da vueltas y me llena de preguntas sin responder.  Él era mi confidente, mi guardián, y hasta ese hermano que no tuve.

Cuando mi hermanita Silvi tenía 3, llegó Coli. Perdonen la originalidad de los nombres. Coli nos acompañó durante 16 años. Fue el perro que más se quedó en nuestra familia. Fue quien me recibía al volver del secundario. Quien subía con locura las escaleras si escuchaba mi voz. Y luego, vino Tobías, con su bondad inherente, sus ojos despejados. Y ahora, cuando voy a visitar a mi familia, me reciben entre ladridos y rasguños Misil y Bruce.

Por eso, en el día del perro, quiero plantar un acto de rebeldía contra las expresiones que no tienen nada de sentido común. Te deseo un día de perros, una vida de perros, un humor de perro, y también, muchos pero muchos amores perros.