Sociedad

Una novela que no es rosa

Hablar con esa candidata, precandidata, me costó como una nota con Mick Jagger o un don nadie devenido en estrella tras un chasquido comercial. Que mañana, que pasado, que la semana que viene, la cuestión es que finalmente di con ella, su voz en el teléfono, y le hice una pregunta de rulero y escoba, como para aflojarla.

Le pregunté, con la generalidad del cómo andás, qué propuestas tenía. Y arrancó con la adrenalina del último oral antes de recibirte. Ahora bien, cuando le consulté, después de la entrada en calor, por iniciativas en materia de género, hablemos de discriminación laboral si querés, ya que tu rama es la economía, y después tocamos trata, aborto, femicidio. Pero si querés, ¿eh?
–Perdón, no sabía que la nota era sobre género– en una extraña figura, pude ver su estupor.
–Sí, pero bueno, de todos modos, me podés comentar tu postura.
–¿Sabés qué?– me dijo muy agitada, pues estaba en viaje hacia una actividad de cierre de campaña-. Llamame mañana y hablamos tranquilas.
Nunca más me atendió. Eso me dejaron las PASO: una voz en el teléfono.
Varias cuestiones llamaron mi atención estos días que pasaron, de supuesto proselitismo y de urnas.  Una de ellas fue (y en rigor es, de cara a octubre) la escasa presencia de propuestas de género en las plataformas. Las pocas, las contadas, sólidas y significativas varias de ellas, eso sí, apenas asomaron la cabeza.

Aparece una mujer en el pozo ciego de su casa, y todos queremos que el mundo contra esa víctima, esas víctimas, sea un Disney de Minnies y Daisys sin dominación. Hasta que se pone a la moda otro tema. Y el diablo se viste a la moda.
La agenda de género, además, es mujer o es nada. Pedís hablar con un referente del espacio, el que sea. Puede pasar que te manden a llamar a la candidata número 35, que en tiempos de vigilia jamás ocupará una banca. Hablá con ella que sabe, te dicen, porque claro, la mina es feminista: sabe. Pero cambiemos el foco: si la pregunta versa sobre un asunto político o económico, cualquiera puede
encarar el grabador como si fuese un micrófono. Aunque toque de oído, desafinando. Con el género eso no pasa, con el género hay mucho miedo de meter la gamba, por ignorancia o por sincericidio: no forma parte del abc, araña el sentido común político. Así, no nos resulta natural oír a un candidato hablar de los derechos de la mujer, fuera del arco más tradicional de la izquierda, que aun así no es del todo genuina, imposta un poco, en un ping pong de actos reflejos entre sus banderas, sus banderas y sus banderas. Todas rojas. Es momento, señores, de que metan la gamba. El juego empieza en el barro. Hablen, por favor.
No pude con mi genio, insistí con la mujer agitada. Pero opté por mandarle un mail. Prometió responder. Desde ese momento, reviso siempre el correo basura.

  1. Fernando Drigo

    2013/08/ at 8:26 pm

    La política no se trata de política, y mucho menos de ideales. Ahora, solamente se trata de economía. Se llega a la gente a través de sus bolsillos. Claro que… de repente aparecen estos temas del matrimonio igualitario y/o el aborto, y digan lo que digan, cada candidato piensa en los votos que puede perder. Para ellos es mejor cerrar la boca, al menos hasta que sepan que vende más.
    Yo por lo pronto, voté a una de las candidatas que más colaboradora se mostró ante la comunidad LGBT, y que obviamente votó a favor del matrimonio igualitario.

  2. Romina

    2013/08/ at 4:22 pm

    Era una precandidata a senadora por Coalición Sur (UNEN), la lista de Pino Solanas.
    Por otro lado, yo también suelo votar siguiendo la bola que le dan a la agenda de las minorías, por así decirlo. Pero el hecho de que estos temas sigan piantando votos, habla mal de nosotros como sociedad, lamentablemente.

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