Amor, La vida misma

Crónica del nacimiento y la evolución del enamoramiento

Domingo al mediodía

Me enamoro de un llamador de ángeles que cuelga a las orillas del río. Son hipocampos amarillos con negro que parecen abejitas equinas.  Son adorables. Lo más tierno del mundo. Me justifico con absurdas ideas de decoración. Sé que no tengo lugar para ellos, que es sólo fascinación momentánea, pero los compro igual. Estoy enamorada.

Domingo por la tarde

Enredo y desenredo hipocampos en sus hilitos plateados. Enredados quedan más hermosos. Desenredarlos es lúdico y metafórico. Enredo y desenredo hipocampos que brillan. Tan delicados. Tan perfectos.

Domingo por la noche

Llego a mi casa. Enredo los hipocampos para sacarles una foto, así, enredados. A veces me pasa eso de que me fascino con un objeto. No puedo evitarlo. Les saco cinco fotos a los hipocampos enredados y después los desenredo. Cuando voy a colgarlos me pasa algo terrible.

Sí, se me caen.

Los levanto y los veo uno por uno. Algunos tienen ahora su única alita de la espalda rota. Me da culpa. Busco las alitas cesantes. No encuentro ninguna. ¿Estarían rotos de antes? Recurro a las fotos. Constato con las pruebas que es así. Estaban rotos desde el primer momento.
Los hipocampos me dieron una lección. ¿Qué no es el enamoramiento sino en ver algo la ilusión de la belleza y de la perfección? ¿No es una invención propia, una interpretación individual proyectada en algo? Ahora ya no estoy tan enamorada de ellos  pero me siguen pareciendo únicos. Pienso que nuestro encuentro no fue por azar.

Enredo y desenredo hipocampos rotos, lastimados.

Algunos los llamarían caballitos de mar.

  1. Walter Perez Blanco

    2013/08/ at 12:27 pm

    Me hago cargo. Yo fui de los que los llamaban caballitos de mar. Todo por culpa de Aquaman, que montaba en uno, que ahí realmente cumplía la función del caballo, pero bajo el agua. Hasta tenía silla de montar y riendas. Me enamoró a primera vista que fueran caballos… caballos, pero en el agua. Como yo no sabía nadar (todavía sigo sin saber) pero sí sé andar a caballo, me parecían una buena solución: montar un caballo… en el agua. De más grande me enteré con mucha pena que los hipocampos son ínfimos. No te podés montar en uno. Los más grandes miden 40 centímetros… Y no son veloces, fieros, combativos, ni parecen desarrollar empatía con nadie… El amor a primera vista existe, pero se disipa cuando el caballito de mar se convierte en hipocampo.

  2. Vivian García Hermosi

    2013/08/ at 1:01 pm

    Tendrías que escribir tu propia nota para Victoria Rolanda ¡Walter Perez Blanco!

  3. Flor

    2013/10/ at 2:31 pm

    Me encantó! Qué manera más tierna de definir ese estado tan perfecto del alma ♥

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