Sociedad

Aterrizando en Disney

Un día me enteré que Mickey no era de verdad. Que era un muñeco y que adentro había un ser humano. Me negué rotundamente a aceptarlo.

Durante todos mis cumpleaños, los deseos de las velitas cabían en una sola palabra: Disney. Hubo un año en que mi sueño se concretó. Mi tío José, que ha cumplido en mi vida sueños muy grandes, me regaló el viaje a la tierra de Aladín por el motivo de mi décimo aniversario. Ansiedad y felicidad me recorrían. Tenía una inquietud casi antropológica por los seres que habitaban aquel territorio. Me preguntaba cómo vivían las princesas. Por fin vería a Campanita y en una de esas estaría volando con Peter Pan para enfrentar al Capitán Garfio.

Unos días antes, una compañera “amistosa” de colegio me dijo:

– ¿Y vos,  Johanna, por qué querés ir a Dinsey?

– Porque mi sueño es conocer a Mickey. – respondí.

– Pero  Mickey no es de verdad. Adentro hay una persona. Ah, ¿no sabías?

Fue horrible. Todo el sentido de mi viaje estaba por caer en un precipicio. Mis compañeros se quedaron helados. Hubo uno que ratificó que efectivamente esto era cierto. Otros se opusieron, no muy tenazmente. Hasta el momento, yo creía que los muñecos del conocido “trencito de la alegría” eran de mentira pero que los de Disney eran reales. Pese a este episodio, viajé confiada en que encontraría al legítimo Pluto.

Así fue como nada pudo frenar mi emoción cuando vi a Mickey Mouse. Sentí que el corazón me latía fuerte. Aún conservo su autógrafo. Pero esto no termina aquí. Al partir del hotel, recibí una foto en la puerta de mi casa con una carta que decía algo así como: “Querida Johanna, te deseo un feliz cumpleaños, espero verte pronto, Minnie Mouse”. Todo esto en inglés, por supuesto. Felizmente creí que todo era cierto. ¡Estaba convencida de que Minnie me había hecho llegar esto por mi cumpleaños!

Un tiempo después, esta idea que era inquebrantable. Mi mamá al escucharme, me confesó la triste realidad: “Le di diez dólares de propina a la chica del hotel y ella me hizo esta “atención” para tenernos nuevamente como huéspedes”.

Minnie dejó de existir en mis fantasías pero no en mis sueños. A veces, como sucede con las grandes obras literarias, el producto supera a sus creadores. Disney es más que un centro de diversiones mega-comercial al que se dirigen los niños del mundo para divertirse en masa. También es un producto de nuestra imaginación.

 

Nunca dejemos de soñar. Feliz día del niño. Les dejo este regalito que aún me hace bailar de alegría:

  1. Oscar Herrera - Redes Sociales

    2013/09/ at 11:26 am

    Que feo que te acaben las ilusiones de esa forma tan drástica cuando eres niño. Muy buen artículo felicidades.

    http://www.oscarherrera.info/influenciasocial/suscribete/minicurso/pagina3.html

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