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Para hacer el amor en los parques

 Por Cecilia Meira
Desde que me vine a vivir a México me acuerdo siempre de la frase: “Los jóvenes no son rebeldes: tan sólo quieren otra cosa” es una frase del libro Para hacer el amor en los parques (1969), de Nicolás Casullo. Nicolás Casullo falleció hace poco tiempo y fue un gran pensador argentino que vivió en México exiliado durante la dictudura. Su libro trata un poco de la juventud como espacio de búsqueda, de apropiación de los espacios públicos, de (algunos de) los idearios juveniles y revolucionarios. Es que algunos tienen más claro que otros qué quieren, o al menos qué no quieren, pero la mayoría de los jóvenes son, casi por condición natural, soñadores y revolucionarios.

Cuando observo las ciudades y su dinámica, noto que México D.F. (lo suelen llamar “el Defectuoso”) es una cosa gigante y complejísma. Las mexicanas, en sus mundos, en sus prácticas, a veces son muy parecidas y a veces muy distintas. Sus formas de habitar el espacio publico están mucho más determinadas. Así como cambian las palabras que utilizan para designar a los mismos objetos, o expresar los mismos sentimientos -a veces muy intensos- dejan el ámbito privado y le dan menos rienda a la nostalgia.

Yo trabajo, estudio con y sobre l@s jóvenes. Todavía me siento así, aunque, confieso, ahora prefiero tomarme un vinito en una casa cálida que en una plaza como en los viejos tiempos. El otro día salí a pasear por las calles de la Condesa (Algo así como Palermo Hollywood) y por la Roma (muy similar a San Telmo) y notaba que las calles en esta ciudad no son tan frescas ni espontáneas. Y me aterró pensar que en la era Macri las calles de “mi Buenos Aires querido” ya deben estar igual de desiguales, igual de fragmentadas, igual de jodidamente exclusivas, igual de marginadas.

Entonces me di cuenta. Aquí en el Defectuoso nadie hace el amor en la calle. Aquí nadie anda buscando una historia en cada esquina, nadie busca el amor en lo espontáneo: todo el mundo busca un plan de vida seguro y confortable… Todo el mundo insiste en que la calle está peligrosa y que “los pibes (los chavos) son todos unos delincuentes, unos malvivientes”… ¿Quién se anima a apropiarse tanto del espacio público, gratuito y popular, como para coger en la calle?

Acá en el D. F., obvio que no se puede. Ni tampoco beber. Es que l@s mexican@s tienen una cultura muy asociada al tequila. Cuando de alcohol se habla acá no existen los límites. Así como les decía que antes a mí me gustaba tomarme alguna botella de vino en alguna plaza, acá eso es imposible. Nunca sería “una” botella de vino, serían al menos dos o tres botellas de tequila, y sus consecuencias. Piensen que la gente aquí es mucho más tímida y recatada, pero con el alcohol se transforma. Imagínense.

Y claro que tampoco se puede hace el amor en la calle. Algunos jóvenes estudiantes “dicen” que se van a Ciudad Universitaria, en la Universidad Nacional Autónoma de México, el espacio “juvenil” por excelencia. Parece que como ese lugar es un campus hermoso y gigante y tiene, además, una reserva ecológica inmensa -y como es “autónomo” no puede entrar la policía- es un espacio propicio para, literalmente, hacer lo que se te dé la gana. Yo encontré a much@s jóvenes bebiendo y fumando marihuana, pero de sexo ni rastro… Qué se yo.

Y de golpe me acordé de mi amiga Patricia de Buenos Aires. Una vez la encontró una patrulla en pleno-plenísimo-y-ardiente-pornográfico-acto-sexual bien cerquita de las vías del tren, allá por la estación Flores. La muchacha, muy propia y nada arrepentida, ninguna delincuente, muy humildemente, desnuda y vulnerable le gritó al policía: “Oficial, no sea imprudente, dese vuelta y espere a que me vista. En seguida lo atiendo.” El policía, muy propio también, se dio vuelta y esperó a que la muchacha se vistiera y que el muchacho también hiciera lo propio, y luego se los llevó a pasar la noche en el calabozo. Eso sí: los puso en celdas separadas.

Pero lo que más me extraña es que acá en El Defectuoso no se puede llorar en la calle. Eso es de locos. Yo no sé si sea cierto eso de que los argentinos somos bien melancólicos, pero algo de eso hay. Nos apropiamos de la calle para pasarla bien, y también para pasarla mal, para deprimirnos un poco. Ayer, como toda mujer triste y con el corazón roto, en lugar de subirme al metro-subte para volverme a casa, decidí caminar. Caminar y caminar y ya. ¿Díganme si existe algo más hermoso y efectivo que caminar sin rumbo?. Y empecé a caminar por Coyoacán (Una suerte de Recoleta) y de golpe se me cerró el estómago y me puse a llorar a los gritos y con congoja… Y todo el mundo me miraba como si estuviera loca. Acá las chicas lloran en sus casas, solitas, encerradas. De golpe me puse a pensar en que acá la gente tampoco camina sin rumbo, no pierde el tiempo a lo bobo con sensiblerías. Eso sólo en una cantina y con mucho tequila de por medio.

Si hubiera estado en Buenos Aires hubiera llamado a una amiga para que me acompañara a caminar y a platicar (digo, hablar) y a llorar un poco conmigo. Si yo fuera mexicana creo que hubiera llamado a una amiga para emborracharme. O tal vez ni eso. Tal vez me hubiera aguantado las lágrimas hasta llegar a casa y seguro que al llegar la llamaba a mi mamá.
Con esta anécdota me puse a pensar en los delitos, en qué está bien y qué está mal, en lo bueno que ahora se puede consumir marihuana libremente en la Ciudad de Buenos Aires, en lo malo que en aquella oportunidad se la hayan agarrado con mi amiga y su chico, y en lo terrible que acá en México no se puede beber en la calle ni siquiera en un carnaval. Es que es así. Siempre los peores delincuentes son los que deciden quiénes son delincuentes, cuándo, cómo y qué es delito. Y así nos vamos quedando sin libertades…

Acá la amistad y la calle se viven de formas muy distintas. Ninguna es mejor pero es diferente. Lo que sí es cierto es que los amigos están para compartir la vida, cada uno como quiera. Lo mismo que la calle está para vivirla, para soñarla, para perderse, para transitarla. Para todo lo que cada un@ quiera.
*  Esta nota fue publicada por primera vez en Octubre de 2009
  1. Sil

    2009/11/ at 3:29 am

    Adoro esta nota. Me encanta.

  2. Chechula

    2009/11/ at 9:24 am

    ¡Gracias Sil! Seguiré escribiéndote…

  3. leon

    2009/12/ at 5:31 pm

    Dios!! por alguna amiga llegue a tu blog, me parece de huevos lo que dices solo que estoy casi seguro que en algo estas en un error no asi estoy tratando de justificar la idiosincracia mexicana, yo soy mexicano, chilango, oriundo del oriente, mucho más, de iztapalapa, eso tal vez te ponga un poco en mi contexto pero aun asi no lo entenderias del todo; soy un gran avido de mi propia ciudad y muchas veces he sido un gran expedicionista de ella estoy seguro de que todo ello existe, toda esta gran experiencia de salir y tomar la ciudad, de fornicartela digamos, en particular la idea de joder en un espacio publico me encanta, lo he hecho algunas veces y lo he compartido con algunas personas que de igual forma lo han hecho, no asi las personas pequeburgueses que a todas luces tratan de no dar una mala nota ante personas que no son de aqui, y este tal vez sea tu caso, en fin me parecia que habia que decir algo con respecto a esta nota y el hecho de que mas me siento identificado con lo que dices que con lo que en apariencia no pasa, en verdad creeme que hay muchas historias en arboles espesos, en alguna fuente en desuso, en alguna plazuela o en alguna ruina citadina, que hariamos si tuvieramos tanto miedo? me rehuso nunca lo aceptaria…

  4. Chechula

    2009/12/ at 7:22 pm

    Estimado León:

    Qué buenos tus comentarios, qué atinados… Justo yo hace poco me estuve "apropiando" de algunos espacios públicos y justo ahí, por la nunca bien ponderada "Iztapalacra", jajaja…

    Y es cierto lo que decís: yo soy extranjera y "güerita" pero estudié en Iztapalapa, en la Uambridge, y de verdad que por esas zonas "peligrosas" se respira el aire más urbano y más chilango y con más identidad de toda la ciudad, y mirá que esta bestia es enorme…

    Coincido con vos: la inseguridad es de los pequeburgueses, no nuestra. Nosotros vivimos, no tememos.

    Ahí nos leemos

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