Sociedad

Ya no llegamos

Perdón por mi pesimismo crónico, pero chicas, tengo que decirles la verdad de un tirón:  días del comienzo del verano, perdimos la carrera. No hay aguatero que nos salve, ya está, no llegamos.

El verano, su exigencia de rollo cero, es una zanahoria que nunca vamos a alcanzar, sobre todo aquellas a las que jamás nos gustó la gimnasia pero igual nos matamos en spinning y al terminar la clase pediríamos a gritos una silla de ruedas. Y tampoco las que no fuimos tocadas por la tacaña varita del buen metabolismo. Ya está, no llegamos.

No llegamos en supuesta forma a abrirle la sombrilla al concepto de verano, al verano y su industria.
Pero el verano en realidad es una excusa para hablar de algo que lo excede, que también nos pasa a la mayoría de las féminas durante las bajas temperaturas: rebelión, nos falta rebelión. Las modas de los cráneos textiles repiten sus estaciones cada tanto. Cuando el chupín aburrió, uniformó, nos dan un poco de oxford para saciar nuestra ansiedad de nuevo look. Y entonces, sumidas en la onda cíclica, un invierno podemos estar vestidas de mamás noelas con renos, trineos y toda esa nieve yanqui en el cuerpo, pero guarda, porque un verano seguro nos pinta el espíritu latinoamericanista y andamos disfrazadas de equecos. Y también, somos capaces de acostarnos collas y despertarnos como Las Primas, imbuidas de su espíritu flúo, con sus calzas, todo muy 80. Después, no nos animamos a pasar por una obra en construcción pero tampoco por la vereda de un colegio. Es que los chicos son muy crueles. Y dicen la verdad.
Esa que no dicen las vendedoras que, con el yunque de la comisión en la nuca, mienten más que un adicto al paco.
-Te queda bárbaro, negri, te estiliza, te resalta la cola.
-Sí, dale, con este metro y medio soy Beyoncé.
Pero, ¿en esta vuelta al mundo textil, hay algo más cruel que el probador, esa diminuta cámara de gas que con sus luces hace foco en todo menos en lo lindo?  Si alguna vez soy mamá, voy a extorsionar a mis hijos: coman, coman, pequeños hijos de puta, ¡o los meto en un probador!
¡Sí, tengo que entrar, tengo que entrar!, tratamos de autoconvencernos, pero no nos referimos al ingreso de alguna carrera. Hablamos del vestido que al forro del maniquí le queda divino. Dejemos de idealizar también de un tirón: esos muñecos mienten más que un jugador compulsivo. Y nunca van a hablar como en la película. Aunque nos harían un gran bien si nos dijeran que, por más que nos esforcemos, esas flores con rayas en una paleta Benetton no nos favorecen. Y nunca lo harán.
Así que lo digo ahora, en el arranque de diciembre: a este verano no podemos ganarle. O, sin pretender ponerme en gurú, tal vez sí podamos, tal vez haciendo la nuestra, decidiendo -lluvia de corazones, por favor- ser felices a nuestra manera. Basta de la dictadura del modal, que es más buchón que el mudo de El Zorro. O, a ver, mejor: vayamos por el modal pero por el modal que nos gusta, que nos haga -y no quede- bien. Hagámosle de esa forma frente a ese totalitarismo, fuera de las formas. Sin prisa pero sin pausa, porque es la única manera de ganarle, por lo pronto, al verano. Eso sí: siempre convencidas, a cada paso en que decimos no a una vidriera lujuriosa como rechazando un cigarrillo malo, muy malo, de que nos estamos dejando el pelo hasta la cintura aunque nos acorte la figura.