Especial día del niño

Dudas, miedos y amor por los patines

Una vez me acuerdo que papá ganó un premio en el trabajo. Con la plata del premio, en vez de hacer la pileta, cambió el auto y mandó a construir una especie de mini casa (con tejas rojas y cerámicas españolas) en el fondo de la nuestra, a la que hizo llamar “la sala de herramientas”, aunque con el tiempo debió acostumbrarse a que todos nos refiriésemos a ella como “el galpón”. Nunca supe bien en qué consistía su trabajo.

En la escuela, cuando tenía que escribir acerca de las profesión de papá, yo inventaba. Decía que era explorador, músico, dentista o jardinero. Y todo eso para no inventar realmente, para escribir, digamos, cosas que sí sabía de qué se trataban. No es que no intentase saber qué hacía papá, yo preguntaba, pero las respuestas eran muy vagas.

Hacía algo con las computadoras, pero no hacía computadoras. Sabía de programación, pero no tenía nada que ver con la tele. Hasta ahí llegaba mi conocimiento. También sabía que se trataba de un trabajo que implicaba mucho “estrés” (palabra que aprendí de muy chica).

A la noche se levantaba y se confundía todo. Eso me daba miedo, porque que me confundiese a mí con su secretaria y me gritase porque no había solucionado el problema con los “proveedores” (que me los figuraba algo así como mafiosos, mentirosos, gente mala contra la que papá tenía que luchar para salvar al mundo, al pequeño mundo que era el mundo de mi infancia), que me confundiese con su secretaria no era nada grave, lo grave era que así como se confundía eso, una noche, sin querer, en vez de servirse el whisky que mamá escondía junto a los productos de limpieza, también se podía confundir, y en vez de whisky, se podía servir lavandina.

Yo no sabía que la lavandina podía matar, hasta que una tarde, cuando estaba preparando el bolso para ir a patín, mi abuela me dijo que si yo me iba, ella se iba a tomar un vaso de lavandina. ¡Qué feo abuela!, le dije, ¿por qué no tomás Coca-cola? Y ahí me contó que si uno toma lavandina se muere.

No le gustaba estar sola, pero yo tenía que ir a patín, carecía de dotes naturales como para darme el lujo de faltar al entrenamiento, así que cuando el abuelo, que era el que me acompañaba al club, dijo “vamos”, yo me colgué el bolso como si nada y no le conté lo que me había dicho la abuela. Al volver de patín imaginé la casa vacía. Todos estarían en el hospital, o, según la cantidad de lavandina que hubiese tomado la abuela, tal vez ya estarían en la funeraria.

Imaginé las últimas palabras de la abuela, “yo se lo dije a Eugenita y ella se fue igual”, entonces papá, el abuelo, mi hermana y hasta mamá, que no soportaba ni un poco a la abuela, me iban a empezar a odiar por desalmada, fría, egoísta y prepotente (este último adjetivo le encantaba a mamá, me lo decía todo el tiempo).

No pasó nada de eso. Parece que la abuela me hizo caso: cuando volví y abrí la heladera, ya no había más Coca. Muerta de sed, debo confesar que pensé en tomar lavandina, pero me dio miedo.

  1. Fernando Drigo

    2012/08/ at 7:07 pm

    Maravillosa historia. Sin duda alguna, esto es oro puro para cualquier psicólogo.

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