Teatro

El niño con los pies pintados

Por Victoria Suárez

El niño está mirando. Él lo ve todo, lo escucha todo, entiende más de lo que todos creen. Percibe.  Su mirar es poesía y su mirar es dolor. Es un explorador independiente y es un ser frágil que necesita de maestros, por que desea aprender a  armar un rompecabezas o girar un trompo, desea crecer y vivir. Para esto necesitará la ayuda de alguien más.

En esta historia hay un padre, una madre, un médico, una médica, una empleada de subsidios, varias psicopedagogas. Con ellos la violencia y la burocracia, la frialdad de la ciencia, las sonrisas falsas. Hay demasiada gente en la vida de este niño. Él está confundido. El niño no comprende los porqué pero sabe lo que está mal, sabe quienes han hecho mal. Distingue a quienes quieren venderle algo que no son. Todos querrán que el niño juegue para olvidar, que juegue para contar. Y querrán cosas para ellos mismos. Querrán superarse a sí mismos, a los demás, triunfar en la sociedad, querrán dar excusas. Querrán regresar a sus casas y encender la televisión o leer un libro, acariciar a su familia, y tener  la autoimágen hipócrita de haber salvado al mundo.

Mientras tanto el niño construirá estrategias, trucos, ilusiones, (la tarea de un genio) para soportar su propia historia. Sus únicas certezas son el dolor y el abandono. “No llevaba zapatos, ni botas, nada… Y, puesto que no tenía zapatos, los creó él mismo… se los pintó en los pies y, con ello, pintó en su conciencia la fortaleza, la certeza de que, pese al desastre, él era un ser humano que conservaba su dignidad…” Henning Mankell. El niño relata su dolor como nadie. El niño débil e inocente se encuentra con la lenta burocracia de una sociedad individualista.

El niño con los pies pintados es una historia maravillosa. Pensar y elaborar esta realidad de la que muy pocos se ocupan de mostrar, a través de una mirada escénica. Mostrar el mundillo de quienes se ocupan de “ayudar” a los demás, pero que forman y son parte de una maquinaria absurda. Una estética ácida contrasta con una poética de ensueño. Una dramaturgia ágil, áspera, dulce, también excesiva, pero que sostiene la atención del espectador de principio a fin. Una puesta en escena simple y precisa, con colores de hospital y brillo de flores amarillas. El mundo real y el mundo imaginado: unirlos será la tarea del niño creador. Y luego la del espectador.

Notable actuación de Marcelino Bonilla (niño), que construye exquisitamente con una mirada atravesadora y una voz ingenua,  la fragilidad y la ternura del niño. Quizás poco justificada desde la dramaturgia, la presencia de tantos actores en escena. Pero en términos generales, una tarea excelente. Recomendable.

 

El niño con los pies pintados, con dramturgia de Diego Brienza y Laura Fernández, dirigida por Brienza, se presenta los viernes a las 23.00 hs en Abasto Social Club.

 

  1. Alejandra

    2012/07/ at 1:15 am

    Me encantó esta obra la recomiendo

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