Sociedad

El caso Wanda Taddei

Por Iván Basso

Algo crece dentro de mí. No tiene articulaciones, tampoco dedos, ni pelo. Podría ser uno de esos parásitos muy raros, que viven dentro de algunos animales y un día dejan de ser huéspedes, toman todo. Una cosa escondida en el cuerpo que palpita y tiene olor.

Alcohol, luego fuego. La combinación es efectiva, degrada, carcome tiempo después de la acción. El presente entonces se tiene que volver un pasado continuo, que no es el del inglés, una sucesión del momento en que el que aquella persona querida, muta. Luego, hace.

El caso de Wanda Taddei, quién sufrió quemaduras en el 50 % de su cuerpo por parte de su pareja Eduardo Vazquez y murió 11 días después, tiene la triste celebridad de haber inaugurado una forma de agresión que se popularizaría. Una amenaza que recibían mujeres maltratadas y que reproducían en grupos de apoyo a los pocos meses de conocido el caso era: ““Te va a pasar lo mismo que a Wanda”.

En 1762, Jean-Jacques Rousseau en su libro “Emilio o la educación” escribe: “Al hombre le corresponde ser activo y fuerte, a la mujer ser pasiva y débil”. Luego agrega: “Las niñas son en general más dóciles que los niños, y en cualquier caso, tienen más necesidad de estar sometidas a una autoridad”. Aunque en nuestras sociedades un comentario similar es censurable, debajo el río sigue sonando.

Al acto de agresión hacia las mujeres como algo cultural, incrustado en el mismo centro de la historia, se lo llama violencia de género. La sociedad patriarcal, la de los machos en detrimento de las hembras, es la que ha impuesto sus reglas y la que incluso define quién es la víctima. ¿O no oyeron frases como “a ella le gusta ser tratada así”? Una inversión de roles muy lejos de ser inocente.

Pienso en una amiga de mi familia que padeció todas las infamias de una mujer atormentada por su marido y que terminó ahorcándose en la cocina de su casa. “Era él o era ella”. En una compañera amenazada con una cuchilla por su entonces novio y compañero de convivencia. O una amiga envuelta en una relación enfermiza, que terminó haciendo arcadas con solo ver el beso de una pareja en la calle. A mi tía abuela de marido buenísimo, pero solo bajo tierra.

Me avergüenza compartir el género masculino con Eduardo Vázquez. Me avergüenza tener algo en común con él y con un montón de gente igual a él que está allá afuera. Abusadores, asesinos, violadores, sexistas, homofóbicos. Y todos los cómplices de naturalizar lo innaturalizable. Me hiere saber que algo de ellos está agazapado, como un embrión pestilente, vivo.

  1. Fernando Drigo

    2012/06/ at 1:09 am

    Es triste. Lamentable. Doloroso. Me cuesta mucho considerar a un asesino, violador, y/o abusador como una persona «normal». Nunca voy a justificar actos tan viles, pero siempre voy a intentar entenderlos. Para mí, esos hombres son enfermos. Enfermos que necesitan ayuda, tal así como sus víctimas.
    Obviamente también merecen el castigo propio por sus crímenes.
    Simplemente… por más doloroso que sea, creo que ese mal que existe, es parte de la naturaleza humana. La peor parte del llamado ser racional..
    Supongo que por eso siempre intento buscar la mejor parte de cada ser humano.

  2. Rocío

    2015/06/ at 7:00 pm

    Iván que fuerte lo que escribís y que real. Por ahora creo también en los hombres buenos, compañeros y protectores pero también se que hay algunos que someten y matan mujeres. Estos van a seguir existiendo en la medida en que no se condenen esos actos. El tema es también que se termine de una vez la naturalización de las conductas machistas que están en las relaciones cotidianas, los actos “invisibles” de todos los días. Nos espera un largo camino.

  3. irma

    2015/06/ at 10:30 am

    Mi amado iván cuan presto en tu producción escrita. La violencia se inicia con el primer paso ,violencia psicológica, junto a un primer golpe y luego todo continúa su curso,La mayoría de las mujeres hemos permitido por miedo ,por desintegrar una familia que nos vejen de alguna manera. Qué este se un inicio a un NUNCA MÁS!.

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