¡Qué difícil es tu mundo interior!

Amor y sexo
Por:
En esta nueva entrega de Lo que ellas quieren, Jota Hese nos relata la odisea de un hombre a la hora de de sorprender a una mujer con un regalo muy especial. Aunque conseguirlo implique una cuota importante de vergüenza, vale la pena el sufrimiento. Después de todo, se trata de ese tipo de regalos para disfrutar de a dos.

Por Jota Hese
Pasé una vez por la puerta, miré de reojo, como quien no quiere la cosa. Volví a pasar, ya en dirección contraria -digamos, de regreso-, y miré más atentamente, observé cuántas empleadas había, de qué edades, cuántos clientes, dónde era mejor ubicarse para que no me vieran desde afuera.

Crucé por la puerta una vez más, mientras fumaba un cigarrillo, para confirmar que no había tanto público dentro. Porque eso es lo que se siente: que hay público, que disfrutan de la comedia, se ríen de uno y no con uno, se mofan, se regocijan. Pero igual entré.

Cuesta decirlo. Somos hombres. No estamos preparados para eso. Pero acá vamos, pues: entré a una tienda de ropa interior, una casa de lencería, ahí donde venden bombachas y corpiños, pijamas y medias de colores. Y lo hice por amor.

Regalar un conjunto de ropa interior no es fácil para un hombre. Era un deseo ajeno que pretendía hacer real. Y era, también, una necesidad: necesitaba sacarme esa espina de adentro, tenía que hacerlo. Era como subirse al escenario, perder el miedo a las luces, a las cámaras, al ridículo. ¿Habrá acaso hombre que no se sienta ridículo cuando consulta por “un conjunto de ropa interior”, aclara que es “para regalar” y se dispone a responder preguntas incómodas?

Es en ese momento cuando entendés que no es fácil, no es como nos pasa a nosotros: boxer o slip, small, medium o large, ese color y ya. No, no es así: el “conjuntito” puede ser de algodón o de lycra, de encaje, a colores, con estampados, vedettina, culotte o cola less; corpiño con aro o sin aro, push up o no sé qué cosa, bretel transparente o a tono, y ni hablar del talle; hay que saber explicar uanta delantera tiene nuestra chica sin parecer que nos babeamos por tanto o nos lamentamos por tan poco. Y debe haber más, pero a esta altura ya ni recuerdo. Debe ser por los kilos que perdí en la odisea.

Fue complicado. Respondí las preguntas una a una y con mucha soltura: preferentemente de algodón, que tenga algún garabato, algún dibujo no muy llamativo, un talle 2 para abajo, un 90 para arriba (porque usamos “abajo” y “arriba”, es menos agobiante); vedettina no -decimos, entonces, como si todavía dudáramos-, y elegimos la más pequeña de todas, porque nos gusta, porque creemos que resultará sexy y -también creemos- cómoda, pero no decimos el nombre, es la vergüenza, sí; la vergüenza de optar por algo tan hermoso para la vista pero tan incómodo para la voz. En el fondo, es un regalo que nos gustaría hacer más seguido; es un regalo que disfrutamos.

Llegaron, pues, las muestras; cajas que iban y venían, bolsas que se abrían y ruidos que llamaban la atención, clientas que miraban, marcas y marcas: Caro Cuore, Sweet Victorian, Dulce Carola, Sweet Lady, algunas otras, seguro, en la interminable espera.

Da vergüenza tocar las prendas, levantarlas, mirarlas demasiado atentamente; sabemos que las mujeres lo hacen, pero nosotros no: queremos un calzoncillo, vamos, preguntamos si está, apenas si medimos el talle en caso de que no sea la marca habitual y ya es nuestro.

Me hice, entonces, el entendido: levanté el corpiño, estiré los breteles, toqué el aro, lo alejé un poco; no así con lo de abajo. Ese es otro precio. Mientras la empleada guardaba todo, pasé del entendido al desentendido, al ocupado; hurgué en mi celular, chequeé mails, puse rostro de tipo serio que cumple con un trámite, con una compra express; pagué con tarjeta -acaso el error más grave: quedará mi nombre en los registros-, puse la firma, salí a la calle.

Ya en la calle -lo confieso- le saqué el moño y el papel que hacía más llamativo el de por sí llamativo bulto: una bolsa colorida, con los nombres de las marcas de ropa interior más conocidas impresos en letras grandes, blancas, enormes; doblé la bolsa de madera a la mitad, la guardé en mi bolso. Volví a casa.

Pasé la prueba. Dirán ustedes, las señoritas, que esto es demasiado, una exageración, acaso una ficción de letras. Pregunten, consulten con sus hombres más cercanos. No es otra cosa que un acto de amor. Tal vez uno de los más difíciles de llevar a cabo, pero uno de los que más se disfrutan en las épocas de compañía.

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Comentarios (4)

  • Y le quedó bien a la que recibió el regalo?

  • MARAVILLOSO!!! Hacía muchísimo que no leía una nota con tantas ganas y tanto amor. Sí, amor! Es adorable saber que un tipo es capaz de pasar por todo eso por cumplir con un sueño, una fantasía… pero fantasía que nos incluye: dentro de ese conjunto estás vos, muchacha argentina! Clap, clap, clap! Aplauso para él y la señorita en cuestión, de una mujer que este año por 1era vez -tras 10 de pareja- recibió un conjunto de ropa interior de regalo de cumpleaños. Un sueño (mío) hecho realidad.

  • Gracias por las palabras! Y qué bueno que te tocó a vos también… a disfrutar (los dos) ;)

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